El soberbio Orinoco

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—El indio bare —dijo Helloch— pretende haberle visto en Cari da, aunque Jorrés afirma que nunca estuvo en este punto.

—Le veo por primera vez —añadió Manuel—; y si me he fijado en él ha sido porque es imposible confundirle con un indio… ¿Dice usted que va a Santa Juana?

—Su deseo parece ser entrar al servicio de la misión. Hizo ya su noviciado antes de correr mundo, pues ha sido marino. A creerle, conoce al padre Esperante por haberle visto en Caracas hace irnos doce años; y esto parece probable, pues nos ha hecho del misionero un retrato igual al que usted mismo nos ha hecho.

—Después de todo —respondió Manuel—, poco importa eso si ese hombre es un barquero hábil. Solamente que en este país se debe desconfiar de esos aventureros que no se sabe de dónde vienen, y que se ignora lo que buscan.

—Tomamos nota de esta advertencia, señor Manuel —respondió Helloch—, y no cesaré de vigilar a ese español.

¿Oyó Jorrés lo que acababa de decirse? En todo caso no lo demostró, por más que en sus ojos brillase varias veces un fuego que no consiguió ocultar. Después, cuando el delegado y los viajeros se aproximaron a la Gallinetta, aunque no hablasen de él, siguió prestando oído.


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