El soberbio Orinoco

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La conversación recala en aquel instante sobre la necesidad de tener las piraguas en buen estado cuando se tratase de rechazar la corriente, muy dura en la parte superior del río, y Manuel hablaba de ello con insistencia.

—Aún encontrarán ustedes raudales —dijo— menos largos, menos difíciles, sin duda, que los de Atures y Maipures, pero de navegación muy peligrosa. Hay hasta necesidad de efectuar arrastres sobre los arrecifes, lo que bastaría para poner a las embarcaciones fuera de uso si no son de extraordinaria solidez. Veo que se ha trabajado bien en la del sargento Marcial… ¿No ha revisado usted la suya, señor Helloch?

—No tema usted por ella, Manuel. Ya di orden de ello, y Parchal tiene la seguridad de que la Moriche está sólida en sus fondos. Debemos, pues, esperar que nuestras dos falcas podrán salir sin contratiempo de los raudales, así como soportar las acometidas de los chubascos, que, según usted, no son menos terribles en la parte superior del río.

—Es la pura verdad —respondió el delegado—; y si por falta de prudencia se arriesgara uno con barqueros que no conocieran el río, no se salvaría de esos peligros, que, por lo demás, no son los más terribles…

—¿Y cuáles son los otros? —preguntó el sargento Marcial, demostrando alguna inquietud.


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