El soberbio Orinoco

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—Sí… Varias veces, y he adquirido la certeza de que el señor Chaffanjon me había dicho la verdad cuando, a su regreso, me pintaba a esos indios como seres míseros, de corta estatura, débiles, cobardes y poco temibles, en suma. Así es que yo no les diré a ustedes: «Tengan cuidado con los guaharibos»; pero sí; «Tengan cuidado con los aventureros de toda nación que frecuentan esos sitios. Desconfíen de los bandidos capaces de todos los crímenes, y de los que el Gobierno debería librar al territorio haciendo que la milicia les persiguiera».

—Una pregunta —dijo Germán Paterne—. Lo que resulta peligroso para los viajeros, ¿no lo es para los ranchos y sus propietarios?

—Seguramente, señor Paterne, y por eso en Danaco, mis hijos, mis peones y yo estamos siempre alerta. Si esos bandidos se aproximaran al rancho sería notada su presencia y no nos sorprenderían. Serían recibidos, y no les quedaría deseo de volver. Además, ellos saben que en Danaco los mariquitares no tienen miedo y no se atreverían a atacamos. Respecto a los viajeros que navegan por el río, sobre todo más arriba de Cassiquiare, no deben dejar de ejercer una extrema vigilancia, pues las riberas no ofrecen seguridad.

—Efectivamente —respondió Jacques Helloch—. Nos han dicho que una numerosa cuadrilla de quivas infesta el territorio.


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