El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—Por desgracia, es cierto —respondió Manuel Asunción.

—Y se dice que tienen por jefe a un forzado evadido…

—Sí… ¡y es un hombre temible!

—Con ésta son varías las veces que oímos hablar de ese forzado que, según se cuenta, se escapó del presidio de Cayena —dijo el sargento Marcial.

—De Cayena…, es cierto.

—¿Es, pues, un francés? —preguntó Jacques.

—No… Un español, condenado en Francia —respondió Manuel.

—¿Y se llama?

—Alfaniz.

—¿Alfaniz…? Un nombre supuesto, quizás —dijo Germán Paterne.

—Parece que éste es su verdadero nombre.

Si en aquel instante Jacques Helloch hubiese mirado a Jorres, hubiera sorprendido en su rostro una agitación que no acertó a disimular. El español se paseaba entonces por la orilla, acercándose al grupo a fin de oír mejor la conversación, mientras se ocupaba en recoger varios objetos esparcidos por la arena.

Pero Jacques Helloch acababa de volverse al oír una exclamación del sargento Marcial.

—¡Alfaniz…! —había dicho éste, dirigiéndose a Manuel—. ¿Ha dicho usted Alfaniz?


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