El soberbio Orinoco

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En todo caso, lo importante era proseguir las pesquisas sin pérdida de tiempo y sin retroceder ante ningún obstáculo.

Todo estaba dispuesto para la marcha. Los hombres de Valdez —y Jorrés entre ellos— se ocupaban en cargar de nuevo a la Gallinetta, que al día siguiente podría desamarrar.

Manuel llevó a su casa a sus huéspedes, muy agradecidos de la buena acogida que habían encontrado en Danaco, con objeto de pasar juntos la última velada.

Después de comer, hablaron. Todos tomaron notas de las insistentes recomendaciones del delegado, sobre todo en lo referente a la vigilancia que debía ejercerse a bordo de las piraguas.

Al fin, llegada la hora de retirarse, la familia Asunción acompañó hasta el puertecillo a los pasajeros.

Despidiéronse allí; diéronse unos a otros los últimos apretones de manos, y prometieron verse de nuevo al regreso. Manuel no se olvidó de decir:

—A propósito, señor Helloch, y usted también, señor Paterne, cuando se reúnan ustedes con sus compañeros que han dejado en San Fernando, transmitan mis parabienes al señor Miguel… En cuanto a sus dos camaradas, ¡todas mis maldiciones!, y viva el Orinoco… Bien entendido que el verdadero es sólo el que pasa por Danaco y riega las riberas de mis dominios.


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