El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—Jacques… Sí… Yo quería… Yo debía… Yo no puedo abusar de este modo de su generosidad… Sola había partido para este largo viaje… Dios le ha puesto a usted en mitad de mi camino… Desde el fondo de mi corazón se lo agradezco… Pero…

—Pero su piragua de usted la espera, señorita, como a mí la mía, y juntas irán al mismo objeto… He tomado esta resolución sabiendo a lo que me obligaba… y lo que he resuelto… lo hago… Si para que la deje a usted continuar sola este viaje tiene usted más razones que los peligros de que me habla…

—¿Jacques —respondió vivamente Juan—, qué otras razones podría tener?

—Pues bien, Juana… mi querido Juan, como debo llamarle a usted… No hablemos de separación, y ¡en marcha…!

A aquel «querido Juan» le palpitaba intensamente el corazón cuando regresaba a la Gallinetta. Jacques Helloch se reunió a su amigo, que le sonreía, y que le dijo:

—Apuesto a que la señorita De Kermor te daba las gracias por lo que has hecho por ella…, y te suplicaba que no hicieras más…

—Pero yo he rehusado… —exclamó Jacques Helloch—. ¡Nunca la abandonaré!

—¡Caramba! —respondió sencillamente Germán Paterne, dando a su amigo un golpecito en la espalda.


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