El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Posible era que esta última parte del viaje reservase graves complicaciones a los viajeros de las dos piraguas. Sin embargo, no debían quejarse. El viento del Oeste persistía y las falcas remontaban con rapidez la corriente del río ayudadas por su velamen.

Aquel día, después de haber dejado atrás varias islas, cuyos árboles doblaba el viento, llegaron por la tarde a la isla Bayanón, en un codo del Orinoco. Las provisiones abundaban, gracias a la generosidad de Manuel Asunción y de sus hijos, y no fue preciso dedicarse a la caza. Como la noche era clara y espléndidamente iluminada por los rayos de la luna, Parchal y Valdez propusieron no hacer alto hasta el segundo día.

—Si el curso del río está libre de arrecifes, y si no temen ustedes que seamos arrojados sobre alguna roca —respondió Helloch.

—No —dijo Valdez—; y es menester aprovechar el buen tiempo para ganar espacio. Es raro que sea tan favorable en esta época.

La proposición era prudente y fue aceptada, y las piraguas no amarraron en tierra.

Transcurrió la noche sin incidentes, por más que la anchura del río, que no era más que de trescientos cincuenta metros, fuera en ocasiones menor por el rosario de islas, sobre todo en la desembocadura del río Guanamí, un afluente de la ribera derecha.


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