El soberbio Orinoco

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Por la mañana, la Gallinetta y la Moriche se encontraron a la altura de la isla Temblador, en la que Chaffanjon se había puesto en relación con un negro inteligente y servicial, llamado Ricardo. Pero este negro, que tenía entonces el cargo de delegado en Cunucunuma y el Cassiquiare, dos importantes tributarios de la derecha y de la izquierda, no ocupaba aquella residencia. Según el viajero francés, era hombre industrioso, de extrema sobriedad, de notable energía, en camino de lograr éxito en sus empresas, y que, sin duda, después de labrar su fortuna, había ido a fundar algún otro rancho en los territorios del Norte. Tal vez los pasajeros esperaban encontrarle en la isla Temblador; pues Juan había hablado de él según su «Guía» tan bien informada.

—Lamento que ese Ricardo no esté aquí ya —dijo Jacques Helloch—. Tal vez hubiéramos sabido por él si Alfaniz ha sido visto en los alrededores del río.

Y dirigiéndose al español, añadió:

—Jorrés, durante su estancia en San Fernando, ¿no oyó usted hablar de esos presidiarios evadidos de Cayena, y de la cuadrilla de indios que se ha unido a ellos?

—Sí, señor Helloch —respondió el español.

—¿Se había señalado su presencia en las provincias del Alto Orinoco?

—No, que yo sepa… Se hablaba de una partida de indios quivas…


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