El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Durante aquellos ocho días se ocuparon en reunir datos relativos al viaje que iban a emprender, y que tal vez les arrastraría hasta las lejanas y casi desconocidas regiones de la República venezolana. Las indicaciones que poseían eran muy vagas, pero esperaban completarlas en San Fernando. Desde aquí, Juan estaba decidido a continuar sus pesquisas hasta tan lejos como fuera preciso, aun a los más peligrosos territorios del Alto Orinoco.
Y si entonces el sargento Marcial quería ejercer su autoridad, si trataba de impedir que Juan se expusiera a los peligros de tal campaña, el viejo soldado sabía de sobra que chocaría contra una tenacidad verdaderamente extraordinaria en un joven de aquella edad, con una voluntad indomable, y el buen Marcial cedería porque era preciso ceder.
Ya está explicado por qué estos dos franceses, después de llegar a Ciudad-Bolívar, debían partir de nuevo al siguiente día, a bordo del barco de vapor que hace el servicio del Bajo Orinoco.
—¡Dios nos proteja! —había dicho Juan—. Sí… ¡Él nos proteja a la ida y al regreso!