El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —¿Extinguido?
—SÃ; pero las cenizas estaban aún calientes.
—Puede que no se haya usted engañado, Valdez… Y, sin embargo, si hay guaharibos en las cercanÃas, ¿cómo no se han apresurado a correr hacia las piraguas?
—¿Correr a ellas…? Más bien habrÃan huido.
—¿Y por qué? ¿No es para ellos una fortuna entrar en relaciones con los viajeros, una ocasión de realizar cambios provechosos?
—Esos pobres indios son muy cobardes. Su primer cuidado habrá sido ocultarse en el bosque, para volver cuando crean poder hacerlo sin peligro.
—Pero si ellos han huido, por lo menos sus cabañas no lo habrán hecho, Valdez, y tal vez descubriremos algunas en el bosque.
—Fácil es asegurarse de ello —respondió Valdez— haciendo un reconocimiento a doscientos o trescientos pasos de la orilla. Los indios, por costumbre, no se alejan del rÃo. Si hay una casa en los alrededores, no habremos caminado media hora sin verla.
—Sea, Valdez. Vamos a la descubierta. Pero como la excursión podrÃa prolongarse, almorcemos primero, y luego nos pondremos en camino.