El soberbio Orinoco

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—Si yo te lo permitiera, sobrino —declaró el sargento Marcial—; pero creo que debes reservar tus fuerzas para el viaje. Descansa hoy por prescripción facultativa.

Aunque Jacques Helloch hubiese tenido inmenso placer en hacer aquella excursión en compañía de la joven, preciso le fue confesar que el sargento Marcial tenía razón. Bastantes fatigas esperaban a los viajeros en su camino hasta Santa Juana para que Juana de Kermor no se impusiera un descanso de veinticuatro horas.

—Mi querido Juan —dijo—, su tío dice bien. Un día de reposo en el campamento le permitirá recuperar las fuerzas… Valdez y yo nos bastamos.

—¿No se necesita, pues, un naturalista? —preguntó Germán Paterne.

—No hay necesidad de un naturalista cuando se trata de descubrir naturales —respondió Jacques Helloch—. Permanezca aquí, Germán, y herborice a su gusto en la orilla del bosque a lo largo de la playa.

—Yo le ayudaré, señor Paterne —añadió Juana—, y por pocas plantas raras que haya, haremos buena faena.

Al partir, Jacques Helloch recomendó a Parchal que activase los preparativos del viaje. Valdez y él esperaban estar de regreso antes de dos horas; y en todo caso, no prolongarían su reconocimiento más allá de cierta distancia.


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