El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco El tiempo se prestaba a la marcha. No había amenaza de lluvias ni de tormenta. Elevadas nubes tamizaban los rayos solares. Fresca brisa corría por la cima de los árboles y penetraba a través de las ramas, haciendo volar las hojas secas. El sol subía, ganando la parte Nordeste. A menos que hubiese alguna brusca depresión de la sabana, no se presentaría ningún pantano.
Los viajeros no carecerían de agua. Según Gomo, el río Torrida, a partir de su embocadura sobre el Orinoco, tomaba la dirección de Santa Juana. Era un río torrencial e innavegable, obstruido por rocas graníticas, impracticable para las falcas y hasta para los botes. Formaba caprichosas revueltas a través del bosque, y los viajeros seguirían su ribera derecha.

Siguiendo las indicaciones de Gomo, después de haber dejado a la izquierda la cabaña abandonada, se dirigieron hacia el Nordeste para cortar oblicuamente los territorios de la sierra.
No se caminaba a gusto por un camino cubierto a veces de espesa colcha de hojas secas, y otras lleno de ramas que los impetuosos huracanes arrancan por centenares. Además, Jacques Helloch tendía más bien a moderar la marcha, a fin de economizar las fuerzas de Juana, y cuando ella le hacía alguna observación con este motivo, el joven respondía: