El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —Sin duda importa ir de prisa; pero importa más evitar que la fatiga la imposibilite para seguir caminando.
—Me encuentro restablecida, señor Helloch. No tema usted que sea causa de retraso.
—Le suplico a usted, mi querido Juan, que me permita que tome por usted las precauciones que crea necesarias. Oe mi conversación con Gomo he deducido la situación de Santa Juana, y he podido marcar nuestro camino, jornada por jornada, que he calculado cuidadosamente. Si no hay encuentros, y no espero que los haya, no tendremos necesidad de doblar estas jornadas. Sin embargo, si esto es preciso, nos felicitaremos de no haber malgastado nuestras fuerzas, las de usted sobre todo. Mi único disgusto es la imposibilidad de habernos procurado una caballerÃa, lo que hubiera evitado a usted hacer el viaje a pie.
—Gracias, señor Helloch —respondió Juana—. Con sólo esta palabra puedo responder a todo lo que usted hace por mÃ. Realmente, en vista de tantos obstáculos que vencer, y que no habÃa querido ver al principio. Yo me pregunto cómo el sargento y su sobrino hubieran podido conseguir su objeto si Dios no le hubiera puesto a usted en nuestro camino… Y, sin embargo, usted no debÃa pasar de San Fernando…