El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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—Yo debía ir donde fuera la señorita De Kermor; y es evidente que, si emprendí el viaje al Orinoco, fue porque debíamos encontramos. Sí… Estaba escrito…; y está también escrito que usted confíe en mí para todo lo que concierne al viaje hasta la misión.

—Así lo haré… ¿A qué amigo más seguro podría confiarme?

A mediodía se hizo alto a la orilla del río Torrida, que hubiera sido imposible atravesar. Su anchura no pasaba de cincuenta pies. Ãnades y pavas revoloteaban por la superficie. Gomo consiguió matar algunos a flechazos. Fueron reservados para la comida de la tarde, y se contentaron con carne fría y torta de cazabe.

Tras una hora de descanso, los viajeros se pusieron nuevamente en marcha. Si la pendiente del suelo se acentuaba, el espesor del bosque no disminuía. Siempre los mismos árboles y las mismas zarzas. Costeando el Torrida se evitaban numerosos obstáculos a través de los matorrales, llenos de palmas llaneras. No había duda que al llegar la noche se habría andado, salvo complicaciones, la distancia calculada por Jacques Helloch.


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