El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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El bosque estaba muy animado. Millares de pájaros volaban de rama en rama, cantando a todo cantar. Los monos hacían cabriolas sobre las ramas, principalmente algunas parejas de esos aluates chillones, que no chillan durante el día, y reservan para la noche o la madrugada sus ensordecedores conciertos. Entre los volátiles, Germán Paterne tuvo la satisfacción de observar bandadas de guácharos o diabolinos, cuya presencia indicaba que se acercaban al litoral del Este. Turbados en su tranquilidad diurna, pues apenas si salen hasta la noche de las anfractuosidades rocosas, refugiábanse en la cima de las matacas, cuyas bayas, febrífugas como la corteza del coloradito, les sirven de alimento.

Otros pájaros también volaban de rama en rama, maestros en el arte de hacer piruetas, los machos haciendo la corte a las hembras. A medida que se avanzase hacia el Nordeste las especies acuáticas serían más raras, pues no se alejan de las riberas del Orinoco.

Germán Paterne vio algunos nidos suspendidos de las ramas por un ligero bejuco, que se balanceaban a manera de columpios. De estos nidos, fuera del alcance de los reptiles, como si hubieran estado llenos de ruiseñores, a los que se hubieran enseñado a solfear la escala, se escapaban bandadas de trupiales, los mejores cantantes del mundo aéreo. Se recordará que el sargento Marcial y Juan los habían ya visto cuando pasaban por los alrededores de Caicara, al desembarcar del Simón Bolívar.


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