El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco La tentación de apoderarse de uno de aquellos nidos era muy fuerte para que Germán Paterne pudiera resistirse a ella.
Pero en el momento en que se disponÃa a hacerlo, gritó Gomo:
—¡Tenga usted cuidado! ¡Tenga usted cuidado!
Y en efecto; media docena de trupiales se precipitaron sobre el audaz naturalista, atacándole a los ojos. Preciso fue que Valdez y Gomo acudieran en su auxilio.
—Ten prudencia —le recomendó Jacques Helloch—, y no te expongas a volver tuerto o ciego a Europa.
Germán se dio por advertido.
Era también prudente no rozarse con las malezas que se extienden a la izquierda del rÃo. La palabra mirÃada no es exagerada cuando se aplica a las serpientes que se arrastran bajo la hierba. Son de temer tanto como los caimanes en las aguas del Orinoco. Si éstos, durante el verano, se hunden en el fondo de los leganales, aún húmedos, y allà duermen hasta la época de las lluvias, los representantes de la herpetologÃa no se duermen bajo las hojas. Están siempre alerta, y varios de ellos fueron vistos, entre otros un trigonocéfalo de dos metros de largo, que Valdez señaló y puso en fuga.
En cuanto a tigres, osos, ocelotes y otras fieras, ni una sola se mostró en las cercanÃas. Pero, probablemente, al llegar la noche dejarÃan oÃr sus rugidos, y serÃa oportuno vigilar el campamento.