El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —Aún duermen, señor Helloch —dijo la joven acercándose a él.
—¡Y usted se ha levantado la primera, señorita Juana! —dijo Jacques—. Voy a despertarles para que nos pongamos en camino.
—¿No ha visto usted nada sospechoso?
—No… nada…, nada; pero partamos. He pensado que, caminando sin detenernos, podrÃamos, si no esta tarde, por lo menos a la noche llegar a Santa Juana.
—¡Ah, señor Helloch! ¡Qué impaciencia tengo por estar en la misión!
—¿Dónde está Gomo? —preguntó Jacques Helloch.
—AllÃ…, en ese rincón… El pobre niño duerme profundamente.
—Es menester que yo le hable… Tengo necesidad de algunas noticias antes de partir.
—¿Quiere usted dejarme ese cuidado? —preguntó Juana, y añadió—: Parece usted preocupado esta mañana, señor Helloch. ¿Hay alguna mala noticia?
—¡No…; le aseguro que no!
La joven tuvo deseos de insistir, pero, comprendiendo que esto serÃa molesto para Jacques, se dirigió hacia Gomo, al que despertó dulcemente.
El sargento Marcial estiró los brazos, lanzó algunos bostezos sonoros y se puso de pie.