El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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A Germán costó más trabajo despertarle. Envuelto en su manta, con la cabeza apoyada en su caja de herborista a guisa de almohada, dormía como un lirón, animal que tiene fama de ser el mayor durmiente de la Creación.

Entretanto Valdez hacía cerrar los sacos, después de haber retirado los restos de la comida de la víspera reservados para el almuerzo de la mañana. Despertado Gomo, acudió al lado de Jacques, acompañado de Juana, junto a una roca sobre la que el primero había desplegado el mapa del país. Este mapa indicaba los territorios comprendidos entre la sierra Parima y el macizo de Roraima, escalonados por las revueltas del río. Gomo sabía leer y escribir, y estaba en disposición de dar noticiéis bastante precisas sobre aquella comarca.

—¿Has visto alguna vez mapas que representan una región con sus mares, sus continentes, sus montañas y sus ríos? —le preguntó Jacques Helloch.

—Sí, señor… En la escuela de Santa Juana —respondió el muchacho.

—Pues bien: mira éste y tómate el tiempo que necesites para reflexionar. Este gran río, dibujado aquí en semicírculo, es el Orinoco, al que tú conoces…

—¡Que yo conozco y al que amo!

—Sí… Eres un buen muchacho y tienes cariño a tu hermoso río. ¿Ves a su extremidad esta montaña? En ella nace…


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