El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —La sierra Parima; lo sé, señor… Aquà están los raudales que he remontado frecuentemente con mi padre.
—SÃ… El raudal de Salvaju.
—Y después… hay un pico.
—El pico de Lesseps. Pero no te equivocas. Nosotros no hemos ido tan lejos con nuestras piraguas.
—No… No tan lejos.
—¿Por qué hace usted esas preguntas a Gomo, señor Helloch? —preguntó Juana.
—Deseo estar seguro del curso del rÃo Torrida, y tal vez Gomo podrá darme los detalles que necesito.
La joven lanzó una mirada interrogativa sobre Jacques Helloch, que bajó la cabeza.
—Ahora, Gomo —continuó—, he aquà el sitio en que hemos dejado nuestras piraguas. Aquà está el bosque donde estaba la casa de tu padre. He aquà la embocadura del rÃo Torrida.
—AquÃ… AquÃ… —respondió Gomo, colocando el dedo sobre el mapa.

—Ahà mismo, Gomo. Atiende ahora. Voy a seguir el curso del rÃo en dirección a Santa Juana, y tú me advertirás si notas error.