El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco El tiempo estaba cubierto. Las nubes corrían bajas empujadas por el viento Sudeste, con serias amenazas de lluvia. Tras el velo gris que formaban desapareció la cúspide de la sierra Parima, y hacia el Sur, la punta del pico Maunoir no aparecía más que a través de los claros de los árboles.
Jacques Helloch dirigió una mirada de inquietud a la parte del horizonte de donde venía el viento. Tras los primeros rayos del sol, el cielo se había ensombrecido por efecto de los vapores que al subir se espesaban.
Si caía una de esas violentas tempestades que con tanta frecuencia inundan las sabanas meridionales, la marcha se retrasaría y sería difícil estar en Santa Juana en di término fijado.
Los viajeros se pusieron en marcha, volviendo a tomar el sendero entre el río Torrida y la orilla del impenetrable bosque. Iban en el mismo orden que el día anterior; el patrón Valdez y Jacques Helloch a la cabeza. Ambos habían observado por última vez la ribera opuesta.
Estaba desierta. Desiertos también los macizos de árboles que se extendían hacia la izquierda. Ni un ser viviente, a no ser un mundo ensordecedor de pájaros, cuyas melifluas lenguas saludaban al alba con el acompañamiento de los chillones monos.