El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Animábales a todos la esperanza de llegar a la misión antes de la medianoche. No se conseguirÃa esto más que a costa de una marcha forzada, brevemente interrumpida por corta parada a mediodÃa. ConvenÃa, pues, apresurar el paso, y asà se hacÃa sin quejas. Bajo el cielo cubierto de brumas, la temperatura era soportable, feliz circunstancia, pues la orilla del rÃo carecÃa por completo de árboles.
A veces Jacques Helloch, devorado por la inquietud, se volvÃa diciendo:
—¿Vamos muy de prisa para usted, mi querido Juan?
—No, señor Helloch, no —le respondÃa Juan—. No se preocupe usted por mÃ, ni por mi amigo Gomo, que parece tener piernas de ciervo joven.
—Si fuera preciso, yo estarÃa esta tarde en Santa Juana —respondió Gomo.
—¡Diablo, buen corredor eres! —exclamó Germán Paterne, que no estaba dotado de tales facultades locomotrices y se quedaba atrás frecuentemente.
Verdad que Jacques Helloch no tenÃa compasión de él. Le llamaba, le preguntaba, le gritaba:
—Vamos, Germán… Te quedas rezagado.
El otro respondÃa:
—No estamos más que a una hora.
—¿Qué sabes tú?