El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —Apresurémonos, amigos mÃos, apresurémonos —repitió—. Sólo un alto de un cuarto de hora.
¡La joven comprendÃa demasiado! Jacques Helloch estaba lleno de inquietud, cuya causa ella ignoraba. Indudablemente Juana, en general, sabÃa que los quivas recorrÃan aquellos lugares; que Jorrés habÃa desaparecido; pero no podÃa sospechar que el español, al remontar el Orinoco a bordo de la Gallinetta, lo hiciese con la intención de reunirse a Alfaniz, ni que existiesen relaciones de remota fecha entre el español y el presidiario de Cayena. En más de una ocasión estuvo a punto de preguntar:
—¿Qué hay, señor Helloch?
Sin embargo, guardó silencio, confiándose a la inteligencia de Jacques, a su valor, a su abnegación y a su deseo de llegar al fin lo más pronto posible.
Almorzaron rápidamente. Germán Paterne, que hubiera prolongado más tiempo el almuerzo, hizo a mal tiempo buena cara, o más bien buen estómago.
A las nueve y quince, cerrados y cargados los sacos, continuaron su camino, en el mismo orden que antes.
El bosque se extendÃa sin discontinuidad sobre la orilla derecha del rÃo Torrida; pero la izquierda tenÃa entonces aspecto muy diferente. En esta parte los árboles sólo presentaban grupos esparcidos por la superficie de los llanos, tapizados de espesa hierba, que también cubrÃa los flancos de la sierra hasta la cima.