El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco El ribazo opuesto, además, llegaba casi al nivel del rÃo, y era, pues, fácil dominar con la mirada una vasta extensión de terreno que carecÃa de la espesa cortina de árboles. Después de haber tenido la sierra al Nordeste, desde la vÃspera estaba al Sur.
Jacques Helloch y Valdez no dejaban de observar ansiosamente la otra orilla, sin descuidar tampoco la que seguÃa remontando el rÃo.
Nada sospechoso todavÃa.
¿Tal vez los quivas esperaban a los viajeros en el vado de Frascaés?
A la una de la tarde, Gomo señaló a algunos centenares de pasos un ángulo del rÃo, que, ensanchándose al Este, desaparecÃa tras un macizo de desnudas rocas.
—Allà es —dijo.
—¿All� —respondió Jacques Helloch, haciendo a sus compañeros señal para que se detuvieran.
Y aproximándose para reconocer el rÃo Torrida, notó que el lecho de éste estaba lleno de piedras y arena, entre las que no corrÃan más que delgados hilos de agua, que se podÃan vadear fácilmente.

—¿Quiere usted que me adelante para examinar los alrededores del vado? —propuso Valdez a Jacques Helloch.