El soberbio Orinoco

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—Hágalo usted, Valdez; pero, por prudencia, no se aventure al otro lado, y regrese en cuanto haya visto si el camino está libre.

Valdez partió, y minutos después se le perdió de Vista al dar la vuelta al río.

Jacques Helloch y sus compañeros esperaron junto al ribazo, formando grupo. Germán Paterne se sentó sobre la hierba.

Por dueño que de sí mismo fuera Jacques Helloch, no conseguía disimular su inquietud.

Gomo preguntó entonces:

—¿Por qué no continuamos?

—Sí… ¿por qué? —preguntó Juana—. Y ¿por qué Valdez ha ido delante?

Jacques Helloch no respondió. Se separó del grupo y dio algunos pasos en dirección al río, impaciente por observar desde más cerca la orilla izquierda.

Transcurrieron cinco minutos, de esos que parecen durar tanto como horas.

Juana se había acercado a Jacques Helloch.

—¿Por qué no vuelve Valdez? —preguntó, procurando leer en los ojos del joven los pensamientos de éste.

—No puede tardar —se contentó con responder Jacques Helloch.

Pasaron otros cinco minutos…, luego otros cinco… Ni una palabra se pronunció en este tiempo.


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