El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Valdez había tenido tiempo de ir y volver… y no aparecía.
Sin embargo, no se había oído ningún grito ni nada que pudiera inspirar alarma.
Jacques Helloch tuvo bastante imperio sobre sí mismo para esperar cinco minutos más.
Seguramente no había mayor peligro en ganar el vado de Frascaés que en permanecer en aquel sitio lo mismo que en retroceder. Si los viajeros habían de ser atacados, lo mismo lo serían más arriba que más abajo.
—Marchemos —dijo al fin Jacques Helloch.
Se puso a la cabeza de sus compañeros, y éstos le siguieron sin preguntar nada. Subieron por el ribazo durante unos trescientos pasos, y llegaron al codo del río Torrida. Por este punto era preciso descender al vado.
Cinco pasos más allá, Gomo se dejó deslizar y llegó hasta las primeras rocas mojadas por la corriente.
De repente, tumultuosos gritos estallaron en el ribazo izquierdo al que iban a llegar Jacques Helloch y sus compañeros.
Un centenar de quivas, corriendo de todos lados, se precipitaban al través del vado y blandían sus armas lanzando gritos de muerte.