El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Jacques Helloch no tuvo tiempo para defenderse a tiros. ¿Ni qué podrían su escopeta y las de Germán Paterne y el sargento Marcial? ¿Qué hubieran podido las pistolas de los barqueros contra aquellos cien hombres que ocupaban y cerraban el vado de Frascaés?

Rodeados en un instante los viajeros, se vieron en la imposibilidad de rechazar la agresión.

En este momento, Valdez apareció en mitad de un grupo de quivas que vociferaban.

—¡Valdez! —exclamó Jacques Helloch.

—Estos indecentes me han cogido como en una gazapera —respondió el patrón de la Gallinetta.

—¿Y con quién tenemos que entendérnoslas? —preguntó Germán Paterne.

—Con la cuadrilla de los quivas —respondió Valdez.

—Y con su jefe —añadió una voz amenazadora.

El hombre que pronunció estas palabras estaba de pie sobre el ribazo; junto a él había tres individuos que no eran de raza india.

—¡Jorrés! —exclamó Jacques Helloch.

—Llámeme por mi nombre… ¡Alfaniz!

—¡Alfaniz! —repitió el sargento Marcial.

Y su mirada y la de Jacques Helloch, llenas de espanto, se fijaron en la hija del coronel De Kermor.


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