El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Tal era aquella porción lejana de Venezuela, su inutilidad, su abandono, cuando un extranjero, un misionero, emprendió la tarea de transformarla. Los indios esparcidos por el territorio pertenecían en su mayor número a la tribu de los guaharibos. Por costumbre vagaban por los llanos y por el interior de los profundos bosques, en el Norte del ribazo derecho del Orinoco. Eran miserables salvajes a los que no había llegado el aliento de la civilización. Apenas si tenían algunas cabañas para albergarse, harapos de corteza para cubrir sus cuerpos. Vivían de raíces, de los frutos de las palmeras y de hormigas, sin que supieran extraer el cazabe de la yuca, que constituye la base de la alimentación de la América Central. Parecían estar en el último grado de la escala humana, y eran de pequeña estatura, delgados, con el estómago prominente, propio de los geófagos, y, en efecto, durante el invierno veíanse reducidos a alimentarse con tierra. Sus cabellos algo rojizos, que caían sobre sus hombros; su fisonomía, donde, no obstante, un observador hubiera notado cierta inteligencia en estado rudimentario, su color menos fuerte que el de los otros indios, quivas, siaroas, bares, mariquitares, banivas, todo les relegaba al último lugar en las razas más inferiores. Y estos indígenas tenían tal fama de terribles, que sus congéneres no se atrevían casi a aventurarse por aquellos territorios, y se decía que eran tan aficionados al saqueo y a la matanza que los mercaderes de San Fernando no osaban llegar más allá del Ocamo o del Mavoca.


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