El soberbio Orinoco

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Juan, con el libro ante los ojos, seguía con meditabunda mirada las dos riberas que se extendían en sentido contrario a la marcha del Simón Bolívar. Verdad que en la época de la expedición que relataba el libro, el compatriota del joven, menos favorecido por las circunstancias, había tenido que hacer a bordo de un barco de velas y remos el trayecto que ahora se hace en barcos de vapor hasta la embocadura del Apure. Pero desde este sitio, Marcial y el joven también tendrían que conformarse con aquel primitivo sistema de transporte, que exigían los múltiples obstáculos del río y que produce tanto disgusto a los viajeros.

Por la mañana, el Simón Bolívar pasó a la vista de la isla Orocopiche, cuyo cultivo aprovisiona suficientemente a la capital de la provincia. En este sitio el lecho del Orinoco se reduce a 900 metros, para encontrar más arriba una anchura triple, por lo menos. Desde la plataforma superior, Juan advirtió claramente la planicie, llena de cerros solitarios.

Antes del mediodía los pasajeros, unos veinte, almorzaron en el comedor, donde Miguel y sus dos colegas fueron los primeros en ocupar sus puestos. Respecto al sargento, no se hizo esperar, y arrastró consigo a su sobrino, al que hablaba con rudeza que no escapó a Miguel.

—Ese francés es hombre duro —dijo Varinas.

—Un soldado… ¡y está dicho todo! —respondió el partidario del Guaviare.


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