El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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El menú era variado pero de inferior calidad. Es menester no mostrarse muy exigente en los barcos del Orinoco, y realmente, durante la navegación por el alto curso del río, fuera gran suerte haber podido hallar tales bistecs, y tales guisados nadando en salsa de azafrán, tales huevos en estado de ser puestos al asador, y tales aves, que sólo una larguísima cocción habría podido hacer comestibles. Respecto a frutas, bananos en profusión, ya al natural, ya con el aditamento de jarabe de melaza, que los transforma en una especie de confitura. Pan de maíz bastante bueno. Vino también, pero malo y caro.

Tal era el almuerzo: por lo demás, fue consumido rápidamente.

Por la tarde, el Simón Bolívar pasó la isla de Bernavelle. Sobre el lecho del Orinoco, lleno de islotes, y cuyo curso se estrechaba, era preciso que la rueda golpease rudamente el agua a fin de vencer la fuerza de la corriente. Por fortuna, el capitán era entendido en su oficio y no había nada que temer.



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