El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco Hacia la ribera izquierda el río presentaba numerosas ensenadas, con orillas cubiertas de árboles. Sobre todo más allá de Almacén, aldeílla de unos treinta habitantes, y en el mismo estado aún en que la había visto Chaffanjon ocho años antes. De aquí y de allá descendían pequeños afluentes, el Barí, el Lima, y en sus embocaduras veíanse macizos de copaiferas cuyo aceite, extraído por incisiones, es de venta fructífera, y numerosas palmeras.
Por todos lados bandadas de monos, cuya carne comestible vale tanto como los bistecs del almuerzo, que en la comida volverían a aparecer sobre la mesa.
No son solamente las islas lo que hace bastante difícil la navegación por el Orinoco. Encuéntranse también arrecifes peligrosos, que se yerguen bruscamente en medio de los pasos. Sin embargo, el Simón Bolívar consiguió evitar los choques, y por la noche, después de un trayecto de veinticinco a treinta leguas, fue a soltar sus amarras ante el pueblo de Moitaco.
Allí debía prolongarse la escala hasta el siguiente día, por no ser prudente aventurarse en medio de una noche que la ausencia de luna y las espesas nubes harían bastante oscura.