El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco A las nueve el sargento Marcial pensó llegada la hora de descansar, y Juan no se opuso. Dirigiéronse ambos a sus camarotes, que estaban en el segundo piso, hacia la popa. Cada uno comprendía un sencillo catre de madera con una ligera colcha, una de esas sábanas que en el país se conocen con el nombre de esteras, lecho muy suficiente en estas regiones de la zona tropical.
Entró el joven en su camarote, se desnudó, se acostó, y el sargento fue entonces para echar sobre él el mosquitero, precaución indispensable contra los encarnizados insectos del Orinoco. No quería que uno solo de estos mosquitos atacase a la piel de su sobrino. La suya, menos mal, pues era bastante espesa y coriácea para desafiar sus picaduras; y además, él se defendía lo mejor posible.
Tomadas estas precauciones, Juan durmió de un sueño hasta la mañana, a despecho de los innumerables mosquitos que zumbaban en tomo de su toldo protector.
Al siguiente día, en las primeras horas, el Simón Bolívar, cuyos fuegos habían sido mantenidos, volvió a ponerse en camino, después que la tripulación hubo embarcado y apilado en el primer puente la madera cortada de antemano en los bosques ribereños.