El soberbio Orinoco

El soberbio Orinoco

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Miguel, Felipe y Varinas, aprovechando la hora del crepúsculo, visitaron esta aldea, bastante importante. A Juan le hubiera agradado acompañarles, pero el sargento Marcial le manifestó que no era conveniente, y Juan obedeció.

No se arrepintieron los tres colegas de la Sociedad Geográfica de su excursión.

Desde las alturas de Mapire, la mirada abarca el río en su parte alta y baja, y por la parte Norte domina los llanos donde los indios se dedican a la cría de mulos, caballos y asnos; vastas llanuras rodeadas de verdes bosques.

A las nueve, todos los pasajeros dormían en sus camarotes, después de haber tomado las precauciones de costumbre contra la invasión de los mosquitos.

El día siguiente se ahogó —ésta es la palabra— en lluvia. Nadie pudo salir a cubierta. El sargento Marcial y el joven pasaron aquellas largas horas en la sala de popa, donde también estaban Varinas, Miguel y Felipe. Difícil hubiera sido no estar al tanto de la cuestión Atabapo-Guaviare-Orinoco, pues los campeones de cada uno de estos ríos no hablaban de otra cosa, y discutían en voz alta. Varios pasajeros se mezclaron en su conversación, tomando el partido del uno y del otro; pero se podía tener la seguridad de que no transportarían sus personas hasta San Fernando con objeto de resolver aquel problema geográfico.


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