El soberbio Orinoco
El soberbio Orinoco —Y ¿qué interés puede tener eso? —preguntó el sargento Marcial a su sobrino, cuando éste le puso al corriente del asunto—. Que un rÃo se llame de una manera o de otra, siempre será agua que corre siguiendo su pendiente natural.
—Sin duda, tÃo —respondió Juan—. Pero si no hubiera estas cuestiones, ¿de qué servirÃan los geógrafos…? ¿Y si no hubiera geógrafos?
—No podrÃamos aprender geografÃa —respondió el sargento Marcial—. En fin, sea lo que sea, lo cierto es que tendremos la compañÃa de esos disputadores hasta San Fernando.
Era, en efecto, probable que desde Caicara el viaje se efectuara en común, en una de esas embarcaciones del Medio Orinoco, que por su especial construcción, pueden franquear los numerosos raudales del rÃo.
Por efecto de las lluvias de aquel fastidioso dÃa, no se vio la isla Tigritta.
Por compensación, en el almuerzo y en la comida los pasajeros pudieron regalarse con excelentes pescados, esos morocotos que hormiguean en aquellos parajes, y de los que se expiden cantidades enormes, conservados en sal, tanto a Ciudad-BolÃvar como a Caracas.