El Testamento de un excéntrico
El Testamento de un excéntrico La metrópoli no contaba entonces menos de un millón setecientos mil habitantes, cuya quinta parte había nacido en los Estados Unidos, quinientos mil eran alemanes y otros tantos irlandeses. El resto se componía de ingleses y escoceses en número de cincuenta mil, cuarenta mil canadienses, cien mil escandinavos, bohemios y polacos en igual proporción, amén de quince mil indios y diez mil franceses.
Por lo demás, la ciudad, según ha hecho observar Elíseo Reclus, no ocupa aún todo el territorio municipal que los legisladores le han asignado sobre la ribera del Michigan, o sea, una superficie de cuatrocientos setenta y un kilómetros cuadrados, superficie casi igual a la del departamento del Sena. La población debe, pues, crecer bastante para poblar la totalidad de estas cuarenta y siete mil hectáreas.
Lo cierto es que aquel día los curiosos afluían de las tres secciones que el río Chicago forma con sus dos ramas del Noroeste y del Sudoeste, lo mismo del North Side que del South Side, considerados, por algunos viajeros, el primero como el barrio de Saint-Germain y el segundo como el de Saint-Honoré de la gran ciudad de Illinois. Tampoco faltaba gente procedente de la parte occidental del ángulo formado por los dos brazos del río, ni los residentes en las miserables moradas de los alrededores de Madison Street y Clark Street, en su mayoría bohemios, polacos, italianos y chinos.
