El Testamento de un excéntrico
El Testamento de un excéntrico 
Aquella multitud dirigíase, pues, tumultuosamente hacia el Barrio Veintidós, y las ochenta calles que a él conducen eran insuficientes para encauzar a semejante muchedumbre.
Había personas de todas las clases sociales: funcionarios de Correos y del Federal Building; magistrados de Court House; consejeros municipales de City Hall; personal de ese inmenso parador público del «Auditorium», cuyas habitaciones se cuentan por millares; dependientes de almacenes y bazares, como los de «Marshall Field», «Lehmann» y «W. Kimball»; obreros de las fábricas de mantequilla, de excelente calidad a diez centavos la libra; trabajadores de los talleres del célebre constructor Pullmann, llegados desde su lejano barrio del Sur; empleados de la importante casa «Montgomery Ward y Cía»; tres mil obreros de «MacCormick»; los de los altos hornos, donde se fábrica el acero Bessemer; los de las fábricas de «MacGregor Adams», que trabajan el níquel, el estaño, el cinc, el cobre y refinan el oro y la plata; los de las fábricas de calzado, cuyas máquinas están tan perfeccionadas que en minuto y medio pueden confeccionar una botina; y también los mil ochocientos trabajadores de la casa Elgin, que entregan al comercio dos mil relojes por día.

