El tio Robinson
El tio Robinson Era la madre de cuatro hijos que iban en el bote con ella. El mayor tenía diecisiete años y era un muchacho bien formado que prometía ser algún día un hombre vigoroso. Sus cabellos negros y el rostro bronceado por el aire del mar le sentaban bien. Aún había algunas lágrimas suspendidas en sus ojos enrojecidos pero la cólera, en igual medida que la pena, había seguramente provocado su llanto. Ocupaba la parte delantera del bote, de pie, junto al mástil, y miraba la tierra todavía lejana. A veces, dándose vuelta, paseaba una mirada viva, a la vez dolorosa e irritada por el horizonte que se desplegaba en arco hacia el Oeste. Su rostro entonces palidecía, contenido, para no hacer un gesto de cólera. Después sus ojos descendían hacia el hombre que sostenía el timón y que, con una gran sonrisa, le hacía una pequeña señal con la cabeza para reconfortarlo.