El tio Robinson

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Este marino estaba sentado en la parte trasera del bote. Su ojo no se apartaba ni del mar ni de la vela. Vigilaba uno y la otra: la vela cuando algún pliegue indicaba que tomaba demasiado viento, el mar cuando había que modificar ligeramente la marcha de la embarcación para evitar una ola.

De tiempo en tiempo, una palabra o más bien una recomendación se escapaba de sus labios y, en su pronunciación, se reconocía cierto acento que jamás habría podido producirse en la garganta de un anglosajón.

—Tranquilícense, hijos míos —decía—. La situación no es muy buena, pero podría ser peor. Tranquilícense, y bajen la cabeza, vamos a virar de bordo.

Y el digno marino enviaba su bote al viento. La vela pasaba con ruido sobre las cabezas agachadas y la embarcación, inclinada sobre el otro borde, se acercaba poco a poco a la costa.

En la parte de atrás, cerca del vigoroso timonel, iba una mujer de unos treinta y seis años, que escondía su rostro bajo uno de los paños de su chal. Esta mujer lloraba, pero trataba de ocultar sus lágrimas para no hacer sufrir a los niños que se apretaban contra ella.


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