El tio Robinson
El tio Robinson El bote llevaba a seis personas. En el timón se mantenía un hombre de unos treinta y cinco a cuarenta años, ciertamente muy habituado al mar, que dirigía su embarcación con una seguridad de mano incomparable. Era un individuo vigorosamente constituido, ancho de hombros, con buenos músculos, en la plenitud de sus fuerzas. Tenía la mirada franca, la fisonomía abierta. Su rostro denotaba una gran bondad. Por su vestimenta rústica, sus manos encallecidas, por algo de inculto impreso en toda su persona, por el silbido continuo que se escapaba de sus labios, era fácil advertir que no pertenecía a la clase elevada. Marino, no podía negársele que lo fuera, por la manera con que dirigía su embarcación, pero no era un oficial sino un simple marinero. En cuanto a su origen, era más fácil de determinar. No era ciertamente un anglosajón. No tenía ni los rasgos duramente dibujados ni la rigidez de movimiento de los hombres de esa raza. Se observaba en él cierta gracia natural y no ese desparpajo un poco grosero que denota al yankee de la Nueva Inglaterra. Si este hombre no era un canadiense, un descendiente de esos intrépidos pioneros en quienes todavía se descubre la impronta gala, debía ser un francés sin duda un poco norteamericanizado, pero a fin de cuentas un francés, uno de esos mocetones avisados, audaces, buenos, serviciales, listos para cualquier osadía, que no se apuran por nada, naturalezas confiadas, insensibles al miedo, como suelen encontrarse a menudo en la tierra de Francia.