El tio Robinson
El tio Robinson Flip apresuró el paso y se acercó a Robert, parado delante de la entrada de la cavidad. Entró y como no encontró nada sobre la arena intacta de la gruta, salió enseguida.
—¡Venga, señora, venga —dijo—, su casa está lista para recibirla!
La madre y los niños entraron en su nueva morada. Jack rodó sobre esa arena tersa. Belle reclamó los diamantes incrustados en las paredes, pero se conformó con las estrellas de mica que resplandecían aquí y allá como puntas de fuego. La señora Clifton sólo pudo agradecer a Dios; sus hijos y ella estarían al abrigo de los azotes del viento, y un comienzo de esperanza penetró en su corazón.
Flip dejó a la señora Clifton en la gruta y volvió al bote para acarrear el combustible con ayuda de Marc y de Robert. Cuando iban en camino, Marc le preguntó por qué motivo había querido entrar primero en la gruta; y como a Marc se le podía decir todo, Flip le relató el incidente de las pisadas que había observado la víspera, rogándole que no hablara del tema. Hecho importante: el animal que ya había visitado la gruta no había vuelto, y Flip esperaba que esa visita, debida al azar, no volvería a producirse.