El tio Robinson
El tio Robinson Marc prometió al marino mantener silencio, pero le pidió que no le ocultara nada en el futuro que pudiera ser un peligro para la familia. Flip se lo prometió y agregó que el señor Marc era digno de saberlo todo y que él, Flip, lo trataría de ahora en adelante como el jefe de la familia.
¡A los diecisiete años el jefe de la familia! ¡Esa palabra le recordó al muchacho todo lo que había dejado a bordo del Vankouver, todo lo que había perdido!
—¡Padre! ¡Pobre padre! —murmuró, reteniendo las lágrimas que le subían a los ojos. Luego, con paso firme, se dirigió hacia la ribera.
Al llegar, al bote Flip tomó sobre sus espaldas una pesada carga de leña; después le pidió a Marc que trajera dos o tres tizones encendidos y que los agitara durante la marcha para activar la combustión.
Marc obedeció y cuando llegó al campamento, esos tizones todavía ardían. Enseguida Flip buscó un lugar conveniente afuera de la gruta para disponer el hogar. Encontró una especie de rincón formado por una cara de rocas que le pareció ser abrigada contra los malos vientos. Colocó allí piedras chatas para formar el cenicero y, arriba, dos gruesas piedras alargadas como las rejillas de una chimenea. Sobre esas piedras atravesó un leño grande, enterrado a medias en la ceniza que Robert había ido a buscar al bote y el hogar, así preparado, estuvo listo para todos los usos domésticos.