El tio Robinson

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A las ocho, después de desayunar liviano, los tres cazadores, armados de sus bastones puntiagudos, abandonaron el campamento y remontaron la pradera hasta la orilla del lago. Admiraron al pasar los magníficos grupos de cocoteros y Flip les prometió que dentro de poco cosecharían sus cocos.

Cuando el marino hubo llegado al borde del lago, en lugar de seguir a la izquierda la ribera circular que conducía al bosque ya explorado, tomó hacia la derecha descendiendo hacia el Sur. En algunos lugares la orilla era pantanosa. Numerosas aves acuáticas la poblaban. Algunos parejas de martín pescadores vivían allí en comunidad. Posados sobre alguna piedra, serios e inmóviles, acechaban los pececitos al paso; de tanto en tanto se lanzaban y sumergían en el agua, dejando oír un grito agudo, y reaparecían, con la presa en el pico. Robert naturalmente quiso probar su habilidad y trató de cazar estos volátiles, ya sea a los bastonazos o a las pedradas; pero Flip lo detuvo; sabía que la carne de esas aves era detestable; entonces, ¿para que destruir esas especies inofensivas?

—Dejemos vivir alrededor de nosotros —les dijo—. Estos animales nos acompañarán en nuestra soledad y encantarán nuestra mirada; recuerde, señor Robert, que nunca hay que verter inútilmente la sangre de un animal. Eso no es de un buen cazador.


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