El tio Robinson

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Caminaron una media hora y llegaron al extremo del lago. La costa occidental seguía una línea oblicua y tendía a apartarse sensiblemente de la ribera; desde ese punto ni siquiera se veía el mar y una sucesión de dunas, erizadas de juncos, lo hurtaban a la mirada. Desde el punto de mira donde se encontraban en ese momento los observadores, el borde meridional corría del sudoeste al nordeste, redondeándose, de tal manera que el lago cobraba manifiestamente la forma de un corazón cuya punta se dirigía hacia el Sur. Las aguas eran hermosas, límpidas, un poco oscuras y, por ciertos borboteos y círculos concéntricos que se entrecruzaban en la superficie, no había duda de que estaban llenas de peces.

Al sur del lago, el terreno, más accidentado, se elevaba bruscamente y formaba una sucesión de colinas no muy boscosas. Los tres exploradores se aventuraron enseguida en esa nueva región. Allí crecía gran cantidad de bambúes altos, que fueron señalados de inmediato por Marc.

—¡Bambúes! —gritó Flip.

—¡Ah!, señor Marc. ¡Ése sí que es un valioso descubrimiento!

—Pero los bambúes no se comen —dijo Robert.

—De acuerdo —replicó el marino—, ¿pero sólo es útil lo que se come? Además, déjeme decirle que en la India, quien le habla ha comido bambúes como si fueran espárragos.


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