El tio Robinson
El tio Robinson El consejo de Flip era razonable. Hasta ahora la caza había estado ausente. Flip y sus jóvenes compañeros volvieron a bajar hacia el mar que pronto perdieron de vista y encontraron frente a ellos unas pequeñas praderas ocultas entre las dunas de arena; el terreno, ligeramente húmedo, estaba cubierto de hierbas aromáticas que perfumaban el aire. Flip reconoció sin dificultad gran cantidad de tomillo, serpol, albahaca, ajedrea, todas especies olorosas de la familia de las labiadas. Había allí un coto de caza natural, una madriguera, a la que sólo le faltaban los conejos. Al menos en ese lugar no se veía ninguno de esos agujeros que criban el suelo frecuentado por esos roedores. Sin embargo, Flip no podía admitir que los comensales estuvieran ausentes cuando la mesa estaba servida. Resolvió por lo tanto explorar esta madriguera con el mayor cuidado, y siguieron recorriendo las colinas y las praderas. Robert corría y gambeteaba como un chico, dejándose deslizar sobre los declives arenosos, con riesgo de desgarrar su ropa.