El tio Robinson
El tio Robinson El marino examinó el ave que Robert le presentaba. Era una fúlica, perteneciente a ese grupo de macrodáctilas que forma la transición entre el orden de las zancudas y el de los palmípedos. Esta fúlica, buena nadadora, color pizarra, pico corto y placa frontal considerable, los dedos alargados por un festón en los extremos, un ribete blanco en el reborde de sus alas, era del tamaño de una perdiz. Flip la conocía bien y desaprobando con la cabeza, la consideró una triste pieza, indigna de figurar en un salmorejo de piezas de caza que se respetara. ¡Pero Robert pertenecía a esa raza de cazadores a los que gustosamente se los llama «torpes cazadores de alforja», que se comen cualquier animal sólo porque lo han matado! Defendió por lo tanto su fúlica como comestible y como una discusión al respecto no habría sido más que palabras al viento, Flip no insistió y continuó su camino hacia el bosquecillo de bambúes.
Allí, con su cuchillo, el marino cortó una media docena de cañas de bambú de diferentes grosores. Esas plantas pertenecían a la especie de las Bambusa arundinaria, que de lejos parecen pequeñas palmeras, pues de sus nudos salen numerosas ramas cargadas de hojas. Terminada la cosecha, Flip y los muchachos se repartieron la carga de bambúes y, tomando por lo más corto, llegaron al campamento hacia las dos de la tarde.