El tio Robinson

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La madre, al ver a Robert con su ropa manchada de lodo, se limitó a mirarlo sin decir una palabra. Pero el muchacho comprendió ese mudo reproche y sacudió cuidadosamente su ropa; el barro se había secado y salió como polvo. En cuanto a su fúlica, no quiso sentir el desengaño de que no resultara; la desplumó, de manera muy sumaria, es cierto, arrancándoles tanta carne como plumas; después le sacó la mitad de buche con las entrañas, con el pretexto de vaciarla, la atravesó con la varilla y supervisó él mismo la cocción.

Mientras tanto, el conejo asado llegaba a su punto, y la cena fue servida sobre la arena, delante de la gruta. El conejo, perfumado con todas las hierbas aromáticas que habían sido su alimento habitual en la propia conejera, quedó excelente y se devoraron hasta los huesos. Poco faltó para que otro de sus congéneres corriera igual suerte. Pero una docena de huevos de paloma completó la comida. En cuanto a la fúlica de Robert, asada hasta casi quemarse, fue cortada en pedazos y servida en ronda. El pequeño Jack decidió probarla. Pero al primer bocado hizo una mueca poco estimulante y tuvo que despedir el pedazo con que su hermano lo había gratificado. Esa carne de fúlica sabía tanto a barro y a pantano que era imposible tragarla. No obstante, Robert se obstinó y como su estómago estaba a la altura de su amor propio, continuó con valor hasta el final del bicharraco, que no parecía ser tan recalcitrante.


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