El tio Robinson

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Flip y la señora Clifton dedicaron el día siguiente a diversos trabajos de apropiación y de instalación. El marino empleó su día en fabricar recipientes con los entrenudos de los bambúes. Se valió hábilmente de su cuchillo para cortar esa materia dura que habría necesitado el uso de una sierra; pero Flip logró sus objetivos y pudo ofrecer a la dueña de casa una docena de recipientes muy propiamente terminados, que acomodaron en un rincón de la gruta. Inmediatamente llenaron los más grandes con agua dulce, y destinaron los más pequeños, en un lugar aparte, a servir de vasos para beber. La señora Clifton estaba tan contenta con ésta «cristalería» de madera, como lo habría estado con un servicio de Bohemia o de Venecia. —¡Más aún— decía—, porque estos vasos no corren el riesgo de romperse!

Ese día Marc descubrió una especie de fruto comestible, que hizo variar felizmente el menú habitual. Estos frutos, o mejor dicho semillas, provenían de un pino que se encontraba frecuentemente en el límite de la pradera. Era el pino piñonero, que produce una almendra muy estimada en las regiones templadas de América del Norte y de Europa. Los que Marc llevó a su madre estaban en un perfecto estado de madurez, y los niños fueron requeridos para ayudar a su hermano a juntar una cosecha abundante de esos piñones. No se hicieron rogar y como recompensa su madre les permitió comerse algunos.


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