El tio Robinson

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Mientras tanto, la desafortunada mujer, viendo que sus dos hijos tiritaban bajo sus ropas, se había privado de la suya; se había sacado el chal para cubrirlos y darles más calor y se podía ver entonces su bella y singular figura, sus grandes ojos negros, serios y pensativos, su fisonomía tan profundamente marcada por la ternura maternal y el sentimiento del deber. Era «una madre» en la más amplia extensión de la palabra, una madre como debió ser la madre de un Washington, de un Franklin o de un Abraham Lincoln, una mujer de la Biblia, fuerte y valerosa, un compuesto de todas las virtudes y de todas las ternuras. Para que se la viera así deshecha, tragando sus lágrimas, era necesario que le hubieran asestado un golpe mortal. Luchaba evidentemente contra la desesperación, ¿pero podía impedir que las lágrimas subiesen desde su corazón hasta sus ojos? Como su hijo mayor, dirigió en varias ocasiones su mirada hacia el horizonte, buscando más allá de ese mar algún objeto invisible: pero al no ver nada en la inmensidad desértica, la pobre mujer volvía a caer al fondo del bote y se notaba claramente que sus labios aún se negaban a pronunciar las palabras que dicta la resignación de los Evangelios: «Señor ¡que se haga tu voluntad!».




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