El tio Robinson
El tio Robinson Esta madre había cobijado a sus hijos entre los pliegues de su chal. Ella tampoco estaba muy abrigada; un sencillo vestido de lana, una especie de bolero bastante delgado no podían protegerla contra esa punzante brisa de marzo, y el viento se deslizaba fácilmente bajo su capelina. Sus tres hijos llevaban sendas chaquetas de paño, pantalón, chaleco de sarga de lana e iban cubiertos con unas gorras de hule. Pero encima de esta ropa habrían necesitado llevar un buen gabán con capucha bien forrada o un abrigo de viaje de una tela gruesa. Pese a todo, no se quejaban del frío. Sin duda no querían agravar la desesperación de su madre.
En cuanto al marino, estaba vestido con un pantalón de pana de algodón y una marinera color café de lana que no eran suficientes para protegerlo de la mordedura del viento. Pero este hombre temerario poseía un corazón fogoso y apasionado, que le permitía reaccionar vigorosamente contra los sufrimientos físicos. Por otro lado, padecía más los dolores de los demás que los propios. Observó que la infortunada se había quitado el chal para cubrir a sus hijos, que tiritaba y le castañeteaban los dientes más allá de su voluntad.
Tomó entonces el chal, se lo volvió a poner a la madre sobre los hombros y, sacándose la marinera que conservaba su propio calor, la puso cuidadosamente sobre los dos pequeños.
La madre quiso oponerse a ese gesto.