El tio Robinson

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—¡Me asfixio! —respondió simplemente el marino, secándose la frente con un pañuelo, como si gruesas gotas de sudor le corrieran por la frente.

La pobre mujer le tendió la mano y el hombre la apretó afectuosamente sin decir una palabra.

En ese momento, el mayor de los hijos se dirigió apresurado a la pequeña cubierta que formaba la delantera del bote y observó con atención el mar hacia occidente. Había puesto su mano sobre los ojos a fin de protegerlos de los rayos del sol y para ver mejor. Pero el océano brillaba en esa dirección y la línea del horizonte se perdía en el intenso resplandor. En esas condiciones, cualquier observación rigurosa se hacía difícil.

No obstante, el muchacho miró durante largo tiempo, mientras el marino movía la cabeza, como queriendo decir que si algún socorro debía llegarles, ¡era más en las alturas que habría que buscarlo!

En ese instante, la niña se despertó, abandonó los brazos de su madre y mostró su rostro pálido. Luego, después de haber mirado a las personas que llevaba la embarcación:

—¿Y papá? —dijo.

No hubo ninguna respuesta a esa pregunta. Los ojos de los niños se llenaron de lágrimas y la madre, cubriéndose la cara con las manos, también se puso a sollozar.


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