El tio Robinson
El tio Robinson La semana transcurrió de esa manera. El domingo 7 de abril llegó y fue observado religiosamente. Antes de la comida de la noche, toda la familia hizo un paseo hasta el antiguo campamento sobre el borde del río, siguiendo la cima del acantilado. Desde ese punto la vista se extendía a lo lejos sobre el Pacífico, ¡inmensa extensión desierta, que la señora Clifton devoraba con los ojos! La valerosa mujer no había perdido todas las esperanzas. Flip la animaba. Según él, los rebeldes del Vankouver no tendrían por qué haberlo matado, o el ingeniero había desembarcado en una tierra vecina, o había logrado escaparse del Vankouver. Entonces, su primer paso sería encontrar la costa sobre la que habían sido arrojados su mujer y sus hijos. Por más vagos que fueran sus datos, bastarían para ponerlo en camino; llevado por la pasión del esposo y el padre ¿no encontraría esa costa, ese lugar de refugio, aunque tuviera que dedicar su vida entera a buscar y a registrar, isla por isla, todo el océano Pacífico?
La señora Clifton no respondía a estos razonamientos de Flip. Admitiendo que el marino tuviera razón, cuántas dificultades habría que vencer, cuánto riesgos tendrían que correr, y, en todo caso, cuánto tiempo tendría que transcurrir para ella y los suyos, lejos del padre, en esa isla desconocida.